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Archivo de la etiqueta: 2013

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Se hace raro ver documentales chinos de calidad que apuesten por un tono de comedia. A Young Patriot (少年小趙., Du Haibin, 2015) es una película que hace reír, aunque no sólo a costa de su personaje principal. Es verdad que Du Haibin a veces fuerza un poco el montaje para producir la burla pero, dado el tema, la mofa es casi inevitable. En esta especie de Bildungsroman de un joven patriota chino nacido en los noventa, lo que nos hace reír concierne el patriotismo en general.

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Il faut réfléchir au pari de Norte, la fin de l’histoire (Norte, Hangganan ng Kasaysayan, 2013) qui adapte Dostoïevski aux Philippines, aujourd’hui. Lav Diaz choisit d’approfondir dans la question du nihilisme et, pour cela, il situe son récit à “la fin de l’histoire”, que ses personnages – les « intellectuels » au moins – éprouvent à la fois comme l’oubli du passé récent des Philippines et l’absence d’un vrai projet d’émancipation, individuelle et collective. Le refus d’inscrire tout cela sous le signe de la religion explique  peut-être que Diaz n’ait pas accordé à Fabian (Sid Lucero), le Raskolnikov du film, une scène d’aveu qui mettrait un terme au récit. Au contraire, il le suit dans l’essai de se démontrer qu’il est en dessous de toute loi, ce dont malgré tout il ne réussi jamais à se convaincre. Mais la distance que le film de Diaz prend à tout moment envers ce personnage, plus pitoyable que détestable, finit par s’avérer trompeuse. Il impose au deuxième récit – celui qui développe au mieux la maîtrise du temps qui caractérise le cinéma de Diaz – une conclusion affreuse, parfaitement calculée et presque démonstrative (elle est d’ailleurs précédée du seul plan du film qui ne contribue pas à la narration : une autoroute à côté d’un village qu’on ne sait plus où situer). La clarté de l’image, les doux mouvements de caméra, la belle composition des cadres, la progression nuancée du discours et tout le jeu consistant à articuler durée et distance deviennent finalement la matière d’un nihilisme très accompli, celui du film lui-même, et à côté duquel les tourments et les actions de Fabien ne semblent être qu’un fade reflet de leur époque.

En salles depuis le 4 novembre.

Grandma and Her Ghosts

Ayer vi por primera vez una película de animación taiwanesa, Grandma and Her Ghosts (魔法阿媽, Mófǎ āyí, algo así como “La abuela hechicera”, 1998), dirigida por Wang Shaudi (王小棣, Wáng Xiǎodì). Aunque no es el primer largometraje de animación producido en Taiwán, su interés radica en que se trata de una película genuinamente taiwanesa. No sólo es un trabajo de gran calidad que toma como fuente de inspiración el cine de Hayao Miyazaki, sino que aborda temas y paisajes que obsesionan a buena parte de la cinematografía del país. Y lo hace tomando un prisma fascinante: el de los fantasmas.

Muchos de los ingredientes del cine taiwanés (y en especial de las películas de “veraneo”) están ahí: el calor y la lluvia, la costa y el interior, la isla y la emigración, el contraste entre la ciudad y el campo, entre la modernidad y la tradición, los jóvenes y los mayores, lo chino y lo local o los idiomas chino y taiwanés, así como el indispensable paseo en bicicleta (54’10”):

El protagonista, Dòudòu (豆豆), va a pasar el verano en casa de su abuela, en la costa de Keelung, porque su padre ha sufrido un accidente en el extranjero y su madre tiene que ocuparse de él. Si esta premisa dramática nos recuerda a la película A Summer at Grandpa’s (冬冬的假期, Dōng dōng de jiàqī, 1984) de Hou Hsiao-hsien y a su más cercano descendiente, A Time in Quchi (暑假作業, Shǔjià zuòyè, literalmente “Los deberes escolares de verano”, 2013), de Chang Tso-chi, las similitudes argumentales y los ecos temáticos con esta última se multiplican a lo largo de todo el film. En lugar de una abuela hechicera, el film de Chang Tso-chi proponía a un abuelo que también se ocupaba de fantasmas, mediante cantos rodados que funcionaban como imago de los vivos y los muertos. Y como el protagonista de A Time in Quchi, Dòudòu va a descubrir de primera mano la amistad y la muerte.

Lo primero que llama la atención en Grandma and Her Ghosts es su particular tratamiento de la muerte. No me parece que se trate de la típica película de fantasmas para niños (del mismo modo que las películas de Miyazaki no son “típicamente” infantiles), sino que aborda algunas cuestiones que, de no mediar la particular comprensión de la muerte en el contexto rural taiwanés, no estarían desprovistas de crudeza. Pongo como ejemplo una de las secuencias, en la que la abuela hechicera hace que el espíritu de su difunta vecina y amiga abandone su cuerpo (18’20”):

La película se ambienta en el Festival de los fantasmas hambrientos (盂蘭盆), que tiene lugar el decimoquinto día del séptimo mes del calendario lunar chino y en el que se ofrece a los muertos suculentos banquetes para paliar su sufrimiento y obtener la fuerza necesaria para el camino de vuelta (que la tradición representa mediante linternas que se lanzan al agua, como lo muestra la película). En Grandma and Her Ghosts se hacen otras referencias a las tradiciones y creencias asiáticas y locales, como el cameo de Cabeza de Buey (年頭) y Cara de Caballo (馬面), los dos guardianes de los infiernos que en la película hacen de contrapunto mítico a los dos policías incompetentes del pueblecito costero. La abuela, dotada de un ojo de yin y yang (陰陽眼), algo así como la sensibilidad de nuestros médiums, tiene trato cotidiano con los fantasmas y vela por que no caigan en manos de demonios. Y también por que los vivos les guarden el debido respeto, como se lo hace notar a su nieto, venido de Taipei y ajeno a los viejos modales: “no los llames fantasmas, llámalos buenos hermanos (不可以說鬼,要說好兄弟)”. Curiosamente, la película no obtuvo ninguna nominación a los Golden Horse, porque, según se dijo, “incitaba a la superstición” (Cf. Historical Dictionary of Taiwan Cinema, The Scarecow Press, 2013, p. 51).

魔法阿媽

Se suponía que esta película debía poder abordarlos. Esa era al menos la idea que se había hecho su protagonista, el periodista Ibn Battutâ (Fethi Ghares), cuando decidió seguir la pista que le habían sugerido unos jóvenes amotinados de Mzab. “Podemos despertar a los fantasmas”, le habían dicho y, tras dejarle pasar: “haz tus fotos, nuestros fantasmas son los tuyos”. Estos fantasmas que parecían haber dormido tanto tiempo eran los zanj, esclavos negros que se alzaron contra los abasíes hace unos mil años. Révolution Zendj (Thwara Zanj, 2013), la última película de Tareq Teqia, iniciaba de esta manera un periplo que la llevaría primero a Beirut y después al sur de un Irak devastado, cerca de Basora, a una marisma donde se habían encontrado monedas pertenecientes al periodo de la revuelta. Animado por un anticuario libanés, que le había pedido hallar a los hombres que habían forjado esas monedas hoy gastadas y hacernos oír su voz, Ibn Battutâ se dirigió a su destino dejando hablar a su paso a muchos más fantasmas de los que esperaba encontrar: los del marxismo y las luchas del siglo XX, los palestinos, los emigrantes, tantos y tantos zanj, los fantasmas de las fronteras, de la religión o del arte y la fecha una y otra vez repetida de 1982. Pero la actualidad de la que él quería rendir cuentas había tenido lugar muchos siglos antes, como un anuncio de la que estaba por llegar y que no llegaría nunca. Las últimas palabras que Teqia dejaba decir a su protagonista eran, no sin razón, “¡pero no hay nada!”. (En realidad, estas no eran las últimas palabras del film, rodado en el umbral de la Primavera Árabe, ni sus últimas imágenes, que nos traían de vuelta a una Grecia que ya no es simplemente cuna o destino de occidente. En un cortometraje realizado con ocasión de la retrospectiva que le dedicaría el Pompidou, Tariq Teguia se refería de este modo a su propio trabajo: )

Poco después, tuve la impresión de ver destellos de esta fantasmagoría en una película lejana en apariencia (aunque las distancias eran su tema): Blackhat (2015) de Michael Mann. En ella un hacker encarcelado por estafar ingentes cantidades de dinero en los mercados financieros, era liberado para ponerse al servicio de una investigación contra una red de hackers terroristas que, de acuerdo con un oscuro interés especulativo, burlaba sistemas de seguridad para hacer estallar reactores nucleares. Lo que ocurría era que, entre el terreno virtual de operaciones y la realidad catastrófica e internacional de sus efectos, resultaba difícil constituir un servicio de seguridad interestatal. No era en absoluto coincidencia que el escenario de un primer contacto fueran Hong Kong (lo que me hizo pensar a algunas cosas que había escrito, meses antes, a propósito de Transformers 4) y Macao, paraíso del juego (y centro del apocalipsis en la joya de João Pedro Rodrigues A Última Vez Que Vi Macau, 2012), y que fuera allí donde el protagonista, lector de Derrida en prisión (veíamos, en una de las primeras secuencias del film, el lomo del Animal que luego estoy si(gui)endo), y que por aquel entonces ya se hacía llamar ghostmanghost a secas o incluso Casper, empezaba a hilar las cosas. De nuevo la cifra fatídica de 1982 se dejaba ver en cada esquina del programa, en cada error del código: la pista de un falangista libanés, con trayectoria en los paramilitares de Colombia y parada final en la especulación financiera (como, de modo menos espectacular, pero no menos significativo, los mafiosos venidos a menos Life Without Principle [夺命金, 2012] de Johnnie To,) daba brillo a la ficción de todos los fantasmas a los que esta película “fantástica” obsesionada por la idea de contacto (y su versión luminosa, en las animaciones 3D de los viajes en el interior material de los circuitos informáticos) intentaba dar un rostro humano. El dilema que planteaba era el siguiente: entre ganar y jugar, entre hacer el mal y fingir hacer el mal, la distancia es mínima. El beneficio sólo se obtiene en la esfera especulativa. En la “real”, todo parece perdido de antemano.

Como no podía ser de otro modo, las coincidencias temáticas y casi sistemáticas de estas dos películas presagiaban que los fantasmas de marzo no acabarían allí. Volvieron a aparecer en las sombras de un conjunto barroco, La Sapienza (2014, Eugène Green), con un tratamiento de nuevo imposible de resumir y no menos diferente. Cadenas y cadenas de fantasmas, a pesar de la negación explícita de uno de los protagonistas.