Impagable Sylvia Chang

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Tras realizar la que se considera su mejor película, Execution in Autumn (秋決, 1972), Lee Hsing (李行) decidió que su talento para hacer cine de calidad había quedado más que demostrado. No contento con los cambios de género y estilo que había atravesado en su corta carrera como director, de la comedia popular en taiwanés al cine de época en mandarín, pasando por el “realismo sano” promovido por la dictadura del Kuomintang, en 1973 Lee se lanzó a realizar una serie de películas basadas en las novelas de Chiung Yao (瓊瑤), la Corín Tellado taiwanesa.

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Sylvia Chang en “Posterity and Perplexity” (1976) de Lee Hsing

Vistas desde hoy, el interés de estas películas podría resultarnos escaso, si no fuera porque reflejan la vida y los conflictos generacionales de la alta burguesía china que dominaba el país desde 1949. Los años setenta fueron una época de modernización y de progresiva apertura marcadas por la expulsión de Taiwán de la ONU, en 1973, y la muerte del tirano en 1975, a lo que siguió el resurgir de un sentimiento “identitario” bastante paradójico, repartido entre la rabia de sentirse abandonados por parte de los antiguos aliados de la cruzada anticomunista y la evidencia, que aún hoy muchos se esfuerzan por negar, de que el destino de Taiwán ya no era el de China.

Tal es el fondo histórico de las comedias románticas con las que, en los años setenta, las películas de Lee Hsing conquistaron al público juvenil, sobre todo femenino. Y si en conjunto estas películas acaban encontrando un equilibrio entre los imperativos familiares más tradicionales y las aspiraciones de las generaciones más jóvenes (en beneficio, todo hay que decirlo, de los primeros), tanto en el terreno dramático como en el temático consiguen exponer conflictos reales y difícilmente resolubles. Es lo que ocurre con Prosperity and Perplexity (碧雲天, 1976), una pequeña joya melodramática eficazmente disfrazada de comedia ligera pero que, bien mirada, ataca en toda su crudeza problemas de género y de clase (*).

(*) Como nos recuerda la entrada del Historical Dictionary of Taiwan Cinema, no se debe obviar la influencia en la obra de Lee Hsing del cine de Shanghai de los años trenta y cuarenta, y en especial de las películas de la Lianhua (聯華影業公司) con cineastas de izquierda como Cai Chusheng (蔡楚生) ou Fei Mu (費穆).

La historia de Prosperity and Perplexity puede contarse desde dos puntos de vista. Como comedia romántica, nos narra la historia de Hao-tian e Yi-yun, una pareja moderna que, tras descubrir la infertilidad de Yi-yun, sucumbe a la presión de la madre de Hao-tian para que este tenga un hijo con Bi-han (interpretada por la gran Sylvia Chang), una alumna de Yi-yun a la que la familia de Hao-tian ha adoptado para liberarla de las garras de su violenta madrastra. Los efectos de la maquinación sexual de la suegra son cómicos: Hao-tian deambula entre el cuarto de su mujer, Yi-yun, y el de la que será la madre de su hijo, Bi-han, consciente de que los celos que produce contra su voluntad tendrán que verse compensados emocionalmente con una fidelidad reforzada y, económicamente, con los frutos de esa maternidad subrogada. Bi-han es relegada a la posición de un personaje secundario, un instrumento al servicio de la felicidad familiar cuyo sacrificio no desborda el espacio de un gag. Esta es la manera en que el personaje de Bi-han fue recibido en su época, como lo demuestra el hecho de que Sylvia Chang fuese recompensada con el Caballo de Oro a la mejor actriz de reparto, pese a que la interpretación de Chang es, posiblemente, la única que merece la pena retener del film.

Considerada desde un punto de vista melodramático, la película cambia por completo. Se trata de la historia de Bi-han, una joven de familia miserable a la que su madrastra somete mediante palizas cotidianas. Cuando, con la aprobación de su padre, Bi-han se ve forzada a abandonar sus estudios, su joven, moderna y rica profesora, Yi-yun, se apiada de ella y la rescata, llevándola a casa de su suegra, donde se acaba de instalar con su reluciente marido, Hao-tian. Endeudada con la familia burguesa que le ha salvado la vida (aunque esta, en teoría, no le pide nada a cambio), Bi-han se pone a trabajar como secretaria de Hao-tian hasta que un día la madre de este (su nueva madrastra) la “convence” para que se acueste con su hijo y asegure así la posteridad del linaje. En realidad, Bi-han no está convencida de nada, pero en toda su existencia no ha hecho nada más que pagar su vida con favores. Y así, a la pobre Bi-han, que no tiene nada en propiedad, se le van multiplicando las deudas: a la de la familia que le ha dado refugio se le suma la que contrae con su mentora Yi-yun por acostarse con su marido, Hao-tian, y también la deuda amorosa que contrae con este, que no tarda en imponer sus exigencias de amante celoso. Para terminar, Bi-han se endeuda también con su propio hijo, al que acabará entregando a la suegra haciendo así posible la reconciliación familiar y un final feliz de la pareja moderna. La desaparición de Bi-han de la diégesis, de la que sólo nos queda la carta que ha dejado con el niño, no elimina la crudeza y la violencia de un conflicto que Lee Hsing finge presentarnos en segundo plano, pero que Sylvia Chang, con cada uno de sus gestos, vuelve a situar en el centro de la imagen.

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