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Ayer volví a ver Dal Polo all’Equatore, una película que Angela Ricci Lucchi y Yervant Gianikian elaboraron entre 1984 y 1986, a partir del material recopilado por Luca Comerio, cineasta italiano muerto en el olvido — amnésico —  en 1940. La proyección de estas imágenes en la gran sala del Centre Pompidou ha sido uno de los momentos clave de la retrospectiva dedicada a los cineastas. Sin entrar a juzgar si Dal Polo all’Equatore es la mejor película de Gianikian y Ricci Lucchi, como se suele afirmar, lo cierto es que la sesión de anoche me pareció culminante. Tras casi un mes inmerso en la obra de los cineastas, en la lectura de sus propios textos y de tantos otros textos que interpretan su trabajo, ver Dal polo all’equatore ha conseguido afianzarme en la convicción de que estas películas constituyen un proyecto necesario y contienen algunas de las hipótesis de mayor alcance que se le hayan planteado al cine.

Si la sesión de anoche fue para mí la culminación de algo a la vez teórico y sensible, lo fue en parte también porque Dal Polo all’Equatore es la primera película que vi en el Cine Doré cuando me instalé en Madrid en 2003 (en la sala 2, aquella vez). De aquella no estaba tan preparado como ahora y, aunque el recuerdo de algunas de sus imágenes se haya hecho imborrable, otras muchas cosas habían escapado a mi memoria. No era el caso de los planos de tren con que se abre el film, que atraviesa un Tirol bañado con los colores de diferentes tintes, ni el de las imágenes brutales de caza en el Polo Norte y África. Lo que no recordaba era la conexión entre las imágenes, el vínculo profundo entre el avance de la imagen sobre los raíles y la destrucción de la vida de las bestias, de los pueblos colonizados, de los soldados en las trincheras de la Primera guerra mundial. Lo que no recordaba era lo que ayer sentí y que no sabría decir qué era. La amnesia me afectó ayer también, trabajaba implacable en la intimidad de mis pupilas mientras estas se aferraban al paso de la película.

Si el cine de Ricci Lucchi y Gianikian es, pese a todo el estudio y las horas de trabajo, uno de los que más se resisten al comentario, es precisamente porque los vínculos que se establecen entre las imágenes nunca son del todo demostrativos (lo que no disminuye su alcance crítico). Siempre queda un detalle oculto, algo estrictamente invisible, una resistencia tozuda a la intelección. Cuando, tras mostrarnos una imagen, los cineastas la repiten variando el encuadre, atrayendo nuestra atención hacia un punto o un detalle que había pasado desapercibido (a menudo una figura, humana o animal, que emerge así del olvido), queda puesta en tela de juicio la unicidad y la evidencia de la imagen. Sin las cuales resulta muy difícil decir algo coherente, articular una interpretación con un mínimo de consistencia y rigor. Es esta propensión al caos, a la amnesia o a la transformación del sentido, la que motiva el trabajo de Gianikian y Ricci Lucchi.

Sentado en la gran sala del Pompidou, ante el desfile de las imágenes y sus incógnitas, tratando de recordarme a mí mismo hace 12 años, igual de fascinado, quizá tan sólo un poco más perplejo, no cesaba de preguntarme “y después, ¿qué? ¿Qué más puedo ver? ¿Qué hacer?”. He seguido, más o menos a sabiendas, el camino de ese tren cuya imagen no ha dejado de acompañarme. Y haber llegado aquí, a este destino en movimiento, quizá no tenía más objetivo que el de hacerme saber tan poco sobre lo que he visto, sobre lo que creo ver.

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