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Archivos Mensuales: abril 2015

Se suponía que esta película debía poder abordarlos. Esa era al menos la idea que se había hecho su protagonista, el periodista Ibn Battutâ (Fethi Ghares), cuando decidió seguir la pista que le habían sugerido unos jóvenes amotinados de Mzab. “Podemos despertar a los fantasmas”, le habían dicho y, tras dejarle pasar: “haz tus fotos, nuestros fantasmas son los tuyos”. Estos fantasmas que parecían haber dormido tanto tiempo eran los zanj, esclavos negros que se alzaron contra los abasíes hace unos mil años. Révolution Zendj (Thwara Zanj, 2013), la última película de Tareq Teqia, iniciaba de esta manera un periplo que la llevaría primero a Beirut y después al sur de un Irak devastado, cerca de Basora, a una marisma donde se habían encontrado monedas pertenecientes al periodo de la revuelta. Animado por un anticuario libanés, que le había pedido hallar a los hombres que habían forjado esas monedas hoy gastadas y hacernos oír su voz, Ibn Battutâ se dirigió a su destino dejando hablar a su paso a muchos más fantasmas de los que esperaba encontrar: los del marxismo y las luchas del siglo XX, los palestinos, los emigrantes, tantos y tantos zanj, los fantasmas de las fronteras, de la religión o del arte y la fecha una y otra vez repetida de 1982. Pero la actualidad de la que él quería rendir cuentas había tenido lugar muchos siglos antes, como un anuncio de la que estaba por llegar y que no llegaría nunca. Las últimas palabras que Teqia dejaba decir a su protagonista eran, no sin razón, “¡pero no hay nada!”. (En realidad, estas no eran las últimas palabras del film, rodado en el umbral de la Primavera Árabe, ni sus últimas imágenes, que nos traían de vuelta a una Grecia que ya no es simplemente cuna o destino de occidente. En un cortometraje realizado con ocasión de la retrospectiva que le dedicaría el Pompidou, Tariq Teguia se refería de este modo a su propio trabajo: )

Poco después, tuve la impresión de ver destellos de esta fantasmagoría en una película lejana en apariencia (aunque las distancias eran su tema): Blackhat (2015) de Michael Mann. En ella un hacker encarcelado por estafar ingentes cantidades de dinero en los mercados financieros, era liberado para ponerse al servicio de una investigación contra una red de hackers terroristas que, de acuerdo con un oscuro interés especulativo, burlaba sistemas de seguridad para hacer estallar reactores nucleares. Lo que ocurría era que, entre el terreno virtual de operaciones y la realidad catastrófica e internacional de sus efectos, resultaba difícil constituir un servicio de seguridad interestatal. No era en absoluto coincidencia que el escenario de un primer contacto fueran Hong Kong (lo que me hizo pensar a algunas cosas que había escrito, meses antes, a propósito de Transformers 4) y Macao, paraíso del juego (y centro del apocalipsis en la joya de João Pedro Rodrigues A Última Vez Que Vi Macau, 2012), y que fuera allí donde el protagonista, lector de Derrida en prisión (veíamos, en una de las primeras secuencias del film, el lomo del Animal que luego estoy si(gui)endo), y que por aquel entonces ya se hacía llamar ghostmanghost a secas o incluso Casper, empezaba a hilar las cosas. De nuevo la cifra fatídica de 1982 se dejaba ver en cada esquina del programa, en cada error del código: la pista de un falangista libanés, con trayectoria en los paramilitares de Colombia y parada final en la especulación financiera (como, de modo menos espectacular, pero no menos significativo, los mafiosos venidos a menos Life Without Principle [夺命金, 2012] de Johnnie To,) daba brillo a la ficción de todos los fantasmas a los que esta película “fantástica” obsesionada por la idea de contacto (y su versión luminosa, en las animaciones 3D de los viajes en el interior material de los circuitos informáticos) intentaba dar un rostro humano. El dilema que planteaba era el siguiente: entre ganar y jugar, entre hacer el mal y fingir hacer el mal, la distancia es mínima. El beneficio sólo se obtiene en la esfera especulativa. En la “real”, todo parece perdido de antemano.

Como no podía ser de otro modo, las coincidencias temáticas y casi sistemáticas de estas dos películas presagiaban que los fantasmas de marzo no acabarían allí. Volvieron a aparecer en las sombras de un conjunto barroco, La Sapienza (2014, Eugène Green), con un tratamiento de nuevo imposible de resumir y no menos diferente. Cadenas y cadenas de fantasmas, a pesar de la negación explícita de uno de los protagonistas.

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