A la defensiva: Vivian Qu / Michael Bay

Fotograma de Trap Street (水印街, 2013), de Vivan Qu, que muestra el punto de vista de una cámara de seguridad.

Uno nunca se espera los extraños contrastes que puede producir una doble sesión. Ayer, por ejemplo, pude ver Trap Street (水印街, Shuiyin jie, 2013) la primera película de Vivian Qu, también productora de los dos últimos largometrajes de Diao Yinan – de los cuales Black Coal, Thin Ice (白日焰火, Bai ri yan huo, 2014), ganador del Oso de oro en el último festival de Berlín, ha tenido un éxito considerable en Francia y sobre todo en China, donde ha alcanzado resultados en taquilla sin precedentes para una producción independiente. En un artículo escogido un poco al azar y que resume, sin más, las expectativas generadas por este éxito, se puede leer que:

“El éxito de Black Coal, Thin Ice es un posible punto de inflexión en la industria cinematográfica global. Si las películas chinas siguen obteniendo tales resultados, se podría poner en peligro el dominio de Hollywood sobre la escena cinematográfica global.” (CNN, 2 de abril de 2014)

Trap Street, desde luego, no tiene el potencial estético o político del cine de Diao Yinan, aunque comparte con éste cierta rigidez programática que confirma que, con la excepción de algunos cineastas (Jia Zhangke, Wang Bing o Lou Ye, por citar nombres ya reconocidos), el cine chino del continente va aún a la zaga de las enormes –  e incluso desproporcionadas – expectativas que suscita. En cualquier caso, la película logra articular la contradicción entre las condiciones de vida más o menos cómodas de sus protagonistas y el violento sistema de represión que las sostiene. Así, frente a una historia que se vuelve, a medida que avanza, cada vez más claustrofóbica y opresiva, Vivian Qu opta por mantener la estética de planos abiertos, con una iluminación natural y poco contrastada – en las antípodas de Black Coal, Thin Ice, auténtico film noir contemporáneo -, incluso cuando se muestra la imagen de las múltiples cámaras de seguridad que pueblan el film. Esta decisión formal deja quizá entrever la imposibilidad de una resolución conflictiva, haciendo así de la impotencia de los ciudadanos el reverso de la desesperación que transmitía la magistral Un toque de violencia (天注定, Tian zhu ding, 2013, de Jia Zhangke), prohibida en China.

Fotograma de Transformers: La era de la extinción (2014), de Michael Bay, que muestra al ministro chino de defensa

Justo después asistí a una sesión, en una sala vacía, de Transformers: La era de la extinción (Transformers: Age of Extinction, Michael Bay, 2014), un blockbuster al uso que ha superado a Avatar (2009, James Cameron) como la película más taquillera en la historia de la República Popular. Y que tiene la particularidad de haber sido diseñado teniendo al mercado chino como su principal objetivo, como se resume en un artículo publicado hace algunos días en El País. El cóctel es cuanto menos sorprendente. A la típica y reaccionaria historia americana de un padre de familia texano (Mark Wahlberg) que combate al gobierno de EE.UU. para defender a los suyos y su propiedad – vagamente “intelectual”, en este caso – se le añade una trama de corrupción política y financiera – incluida la deslocalización en China de la industria puntera de fabricación de transformers – que se desarrolla de espaldas a una Casa Blanca a todas luces inepta, representada en el film por un patético Jefe de personal (Thomas Lennon). Y aunque toda la parte final de la película se desarrolla en China y, sobre todo, en Hong Kong (donde el único personaje chino de la película, intepretado por la actriz Li Bingbing, nos hace una pequeña demostración de artes marciales), Transformers no entra especialmente en materia. Salvo en el espacio de dos planos, cuyo alcance es mucho mayor de lo que una primera impresión puede dar a creer: precisamente cuando la inmensa prisión intergaláctica de Lockdown se despliega sobre Hong Kong a la caza de Optimus Prime, atrayendo con su potente imán toda la chatarra que encuentra. En ese momento, que repite la breve incursión del artefacto en el cielo de Chicago – y contra la cual el gobierno estadounidense había aceptado no enviar tropas militares, siguiendo ciegamente los consejos telefónicos del corrupto jefe de la CIA Harold Attinger (Kelsey Grammer) -, en ese preciso instante tenemos la única incursión del film en el seno de instancias “legítimamente” gubernamentales: plano de apertura ante el Ministerio de Defensa de la República Popular, seguido de un plano del ministro que, avanzando con firmeza acompañado de su cortejo de mandos militares, anuncia solemnemente por teléfono que el gobierno chino va a asegurar la protección de Hong Kong – por si quedaban dudas sobre la soberanía de este territorio. Y, efectivamente, pocos minutos después empiezan a llegar los primeros cazas. Al final la policía local, ante las banderas ondeantes de China y de Hong Kong, es testigo de la despedida que limpia el nombre de Optimus Prime y de la escena de reconciliación de un padre texano con su hija – y de un rico empresario estadounidense con su propia conciencia. Curioso público para tan curiosas imágenes.

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